El proceso de duelo implica aprender a vivir con la ausencia de un ser querido, pero las tradiciones del Día de Muertos ofrecen una forma de mantener presente su memoria y resignificar la pérdida. A través de los altares, los recuerdos y los rituales, esta celebración permite reconocer el legado de quienes han partido y convertir el recuerdo en un motivo de gratitud por la vida compartida, consideró el maestro José Alejandro Valladares González, coordinador del Centro de Orientación Psicológica de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP).
El catedrático explicó que el altar representa la presencia frente a la ausencia. Prepararlo con aquello que les gustaba a las personas fallecidas, como su comida, música y fotografías, no es solo una costumbre, sino una forma de reconocer que su legado permanece entre nosotros.
“Nos permite dejar de enfocarnos en lo que ya no está, y centrarnos en todo lo que sí permanece con nosotros: sus recuerdos, su esencia, su huella en nuestra vida. El mayor significado del Día de Muertos es precisamente vivenciar a ese ser querido que no está, y puede contribuir a mejorar el proceso del duelo, hasta que se vuelve algo que podemos celebrar con gratitud”, expresó.
Valladares González señaló que, más allá de fechas específicas, los rituales como los velorios, los días de luto y los novenarios tienen un propósito común: dar sentido a las emociones que surgen ante una pérdida.
Cada persona vive el duelo a su propio ritmo y de manera distinta; en ese proceso, la cultura y las tradiciones ofrecen caminos, pero no reglas que deban seguirse de la misma forma.
Como recomendación, invitó a reconocer la libertad de cada persona para crear sus propios rituales, elegir qué conmemorar y cómo hacerlo. Lo importante, dijo, es encontrar una manera propia de mantener viva la memoria de quienes han partido, con respeto al sentir y las creencias de cada individuo.