30 octubre, 2025

ENTRE FLORES Y SILENCIO: LA PROMESA DE DON JOSÉ EN EL PANTEÓN DEL SAUCITO

Isabel Segura

El sol de octubre comienza a caer lento sobre el Panteón del Saucito. Entre los senderos cubiertos de hojas secas y el aroma intenso de cempasúchil, un hombre camina despacio, sosteniendo con cuidado un balde de agua, un trapo viejo y un pequeño ramo de flores frescas. Se llama Don José. Tiene más de setenta años y desde hace casi una década, cada año, sin falta, regresa a este mismo lugar a cumplir una promesa: no dejar sola la tumba de su esposa.

Su figura, encorvada pero firme, se distingue entre las cruces oxidadas y las lápidas cuarteadas. “A ella le gustaban las flores anaranjadas, siempre decía que parecían el sol”, dice mientras acomoda los pétalos sobre la piedra fría donde descansa su florecita , su compañera de toda la vida. Lo dice con una calma que solo el tiempo puede enseñar, pero sus ojos —pequeños, húmedos, cansados— delatan el peso de los años y de la soledad.

Don José limpia con esmero cada rincón de la lápida. Frota, seca, vuelve a colocar las flores. De vez en cuando se detiene a mirar alrededor: hay tumbas limpias y coloridas, pero también muchas cubiertas de polvo, sin nombre, olvidadas. “Eso es lo que me da más tristeza… ver que hay tumbas que ya nadie visita. Y pienso, si así va a ser conmigo, ¿qué va a pasar cuando ya no haya nadie que me traiga flores?”, dice con la voz entrecortada. Una lágrima resbala lenta por su mejilla, como si se resistiera a caer.

Cada 30 de octubre, Don José llega temprano al panteón. Quiere que todo esté listo antes del Día de Muertos. “Yo le dejo todo limpio para cuando venga ella, para que vea que todavía hay alguien que se acuerda… que no la he dejado sola”, dice con una sonrisa leve, de esas que duelen más que una lágrima.

Recuerda que su mujer falleció una tarde lluviosa. Desde entonces, su casa en el barrio del Saucito se volvió más grande, más callada. En las noches, prende una vela frente a una foto de ella, y dice que a veces siente su sombra pasar despacito por el corredor.

“Son cosas que uno no cuenta, porque dicen que ya uno está chocheando”, bromea, con una risa corta, rota.

Al hablar de estas fechas, sus palabras se vuelven más lentas, más hondas. Dice que cada año, cuando ve la película Coco, no puede evitar llorar.

“Esa parte donde el niño canta Recuérdame, ahí sí me quiebro… porque me pongo a pensar, ¿y si el día de mañana ya nadie me recuerda? ¿Qué pasa con uno, con el alma?”, reflexiona mirando al cielo, que comienza a teñirse de naranja.

En el panteón, la vida y la muerte se entrelazan sin pedir permiso. Los niños corren con sus calaveritas de plástico, los comerciantes acomodan coronas y pan de muerto, y los mariachis afinan sus guitarras. Algunos ríen, otros rezan. La muerte se vuelve rito, tradición, pero también espejo.

Don José observa todo desde su rincón. “Mire, todos vienen con su familia… unos lloran, otros platican, otros cantan. Cada quien recuerda a su manera. Pero todos vienen por lo mismo: porque no quieren olvidar”, dice. Luego baja la voz, casi en un susurro, “Yo solo quiero que cuando me toque a mí, alguien pase por aquí y diga: aquí está Don José, el que venía cada año a ver a su mujer”.

Mientras habla, el viento mueve las flores del altar. El aroma del cempasúchil llena el aire y se mezcla con el incienso, con el pan dulce, con la música que viene de algún rincón del camposanto. Es el olor de la vida aferrándose al recuerdo.

Antes de irse, Don José prende una veladora y se queda un momento en silencio. Mira la llama, titilante, pequeña, como si ahí mismo viviera el alma de su esposa.

“Yo sé que ella me ve”, dice. “Y mientras yo pueda venir, aquí voy a estar. Porque el olvido es más triste que la muerte”.

Cuando se aleja, el sol ya se ha escondido. El panteón queda cubierto por una penumbra cálida y por cientos de luces que empiezan a encenderse. En cada una, hay una historia, una promesa, un amor que se niega a apagarse.

Y entre todas esas luces, la de Don José brilla un poco más.

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