Por Ulises Santoyo
La muerte de Carlos Manzo le dolió a todo México. No sólo porque fue un alcalde cercano a su gente, sino porque representaba a un ciudadano que decidió hacer las cosas de manera distinta, con valores, con presencia y con convicción. Su asesinato no sólo deja un vacío en Uruapan, sino que también desnuda una realidad que desde hace tiempo el país se niega a reconocer: vivimos en un clima donde la política y la violencia caminan tomadas de la mano.
Esta tragedia sacudió a Morena y al gobierno de Claudia Sheinbaum. Sin comunicados oficiales, comenzaron a verse intentos por desviar la conversación. En redes sociales, cuentas falsas y operadores digitales iniciaron una campaña para desvirtuar la figura de Manzo: que era priista, que era panista, que el “PRIAN” lo mandó a matar. Declaraciones sin fundamento, pero que confirman algo que todos sabemos: cuando el poder se siente amenazado, responde con campañas de desprestigio.
A través de distintas fuentes y contactos locales, se habla de que la vida de Carlos Manzo pudo haberse apagado por una cantidad mínima, una cifra que ofende y lastima al pueblo de Uruapan. No hay confirmación oficial, pero el solo rumor refleja lo poco que hoy vale la vida de un servidor público en un país donde la violencia se compra y se vende al mejor postor.
Al final, estamos cayendo en lo mismo. Gobiernos que se justifican, voceros que manipulan y una ciudadanía que, poco a poco, empieza a perder la confianza. Pero esta vez fue diferente: la gente salió a las calles. Se manifestaron con dolor, con rabia y con la claridad de que ya no hay “pollos”, ni despensas, ni promesas que callen la voz del pueblo.
En Michoacán, el gobierno estatal sintió la presión. Hubo enfrentamientos, gritos, reclamos. La gente ya despertó. Sabe que los apoyos están en el Congreso, no en los discursos. Sabe que la justicia no se pide en Palacio Nacional, sino que se exige en las plazas.
Carlos Manzo fue diputado por Morena, pero llegó a la presidencia municipal como independiente. No le debía su lealtad a ningún partido, y quizás por eso su nombre incomoda. No es justo que ahora se pretenda jugar con su memoria o usar su muerte con fines políticos.
El mensaje de las calles fue claro: el 2027 no será un año cualquiera. El pueblo se prepara para un voto de castigo, y en Morena lo saben. La inconformidad crece y la gente ya no se deja engañar.
Carlos Manzo no murió en vano si su recuerdo sirve para recordarnos que la dignidad no se negocia y la justicia no se posterga.
✍️ Por Ulises Santoyo
Foto: Cuartoscuro